No recuerdo cómo empezó el día. El fuerte olor a ambientador que sueltan en la recepción anuló todos mis sentidos. Es como si quisieran descontaminar a todos los que vinieran de fuera a través de un aroma concentrado de pino. Como si quisieran llevarte a un pinar alejado de todo y acabar allí con tu sufrimiento.
Fue la música de George Michael, a través del hilo musical del ascensor, la que me sacó del trance. Posiblemente tenían pinchado Kiss FM, cadena de radio que siempre recordaré por sonar durante mi operación de fimosis. Aquella que me apartó de los terrenos de juego para siempre. De no haberme operado podría ocupar la banda izquierda del Real Madrid. Tú mismo, que estás leyendo esto, podrías hacerlo mejor que Coentrao. Y si no fumas, mejor que mejor.
Me llevaron a una habitación casi vacía. Tan solo había allí una silla de plástico y una mesa de contrachapado de tamaño medio. Estuve allí solo como unos veinte minutos. Supuse que me estaban mirando por alguna cámara de seguridad como prueba de conducta, así que descarté por completo mi gran afición de hurgarme la nariz y hacer pelotillas con los mocos. Probad a hacerlo vosotros. Por pequeña que sea la pelotilla resultante, si lanzas al suelo siempre suena. Los mocos tienen una sonoridad impresionante.
Aguanté el picor de nariz lo mejor que pude hasta que llegó una chica muy bien vestida y que estaba, por qué no decirlo, buena como ella sola. Llevaba un vestido azul eléctrico y cargaba con un recipiente. Entró sin decir nada y colocó el cacharro sobre la mesa.
- Muy buenos días, Daniel. ¿Qué tal estas? ¿Bien?
- Sí, aquí, esperando.
- ¿Tienes frío? Podemos bajar el aire acondicionado si quieres.
- Ahh, no, no. Estoy bien así. No te preocupes, gracias
- Vale. A ver, Daniel. Voy a dejar esto aquí y volveré en 15 minutos ¿De acuerdo?
La chica levantó el trapo que cubría el recipiente. Un pastel recién hecho es lo que puso sobre la mesa. En ese momento pensaba que se estaban cachondeando de mí. Me estaba imaginando a los directivos de la empresa apostando dinero para predecir qué reacción iba a tener y el tiempo que iba a tardar en irme de allí.
La cosa es que la chica se fue y yo allí seguía, sin poder hurgarme la nariz, y encima con un pastel recién hecho que apetecía devorar, y más a las 10 de la mañana, habiéndome llevado solo un triste café al estómago. Me levanté de la silla y observé el pastel desde cerca. Tan solo con olerlo podía saber su sabor. ¡Qué cosa más rica, por Dios!
Estaba continuamente atento al móvil, para que cuando se cumplieran esos 15 minutos no apareciera la chica de nuevo viéndome babear sobre el pastel. Estoy seguro que más adelante, con la entrevista empezada, me iban a dar un trozo. De no hacerlo serían unos auténticos cabrones.
Cuando no habían pasado ni siete minutos empecé a oir golpes y gritos de mujer tras la puerta. Lejos de asomarme a ver qué es lo que pasaba (sinceramente, me daba igual si se morían todos. Yo solo quería probar ese pastel) fui a sentarme en la silla para hacerme el sorprendido.
No me dio tiempo. Cuando abrieron la puerta, yo estaba a medio camino entre la silla y la mesa. Terminé apoyándome de forma casual en esta última. Primero me apoyé, pero luego me agarré para no caer. Dentro de las gilipolladas que me había tocado ver esa mañana, esa era la más bestia.
Por la puerta entró un hombre con un pasamontañas poniéndole un cuchillo en el cuello a la chica del vestido azul eléctrico. Me quedé con el culo torcido desde el minuto 1.
- Mira, tranquilo. Yo había venido a una entrevista de trabajo, pero me voy ya ¿vale? Os tranquilizáis y habláis de vuestras cosas. Mira, ahí hay un pastel. Si quieres os traigo unos cafés, sueltas el cuchillo y ya con calma solucionáis lo que haya que solucionar, que parece serio, ¿eh?
- ¡Cállate hostias!
Entones fue la chica la que se dirigió a mí mirando insistentemente en el pastel. Sabía yo que iba a traer cola el dichoso dulcecico.
- Daniel, por favor. Haz lo que te pida. Haz lo que te pida.
Me señalaba sin parar el pastel. Yo, que no domino mucho el mundo de las sutilezas, pero que hasta ahí llego, cogí el pastel y me acerqué hasta ellos. El encapuchado estaba muy muy nervioso.
- Quieres el pastel ¿no? No pasa nada. Yo te lo doy si no le haces nada a ella, y lo más importante de todo. No me haces nada a mí.
El encapuchado no sé si estaba llorando o riendo tras ver lo cobarde que podía llegar a ser.
- ¿Pero qué cojones me estás contando? ¿Para qué quiero yo el pastel?
En ese punto yo ya no sabía qué hacer. Miraba a la chica buscando alguna pista más. Ella me insistía en el pastel, y aquel tipo, obviamente, no lo quería. Ella seguía en sus trece. Insistía con la cabeza. Esta vez como que mirara dentro del pastel. Era lo único que podía hacer, pero estaba abrasándome. Para meter la mano ahí había que estar un poco desequilibrado. Espero que si los directivos estaban viéndome por la cámara, se atragantaran con sus desayunos.
- Sabes perfectamente lo que quiero, así que déjate de tonterías y pasteles o la abro en canal aquí mismo.
- Oye, si tienes ganas de abrir en canal a alguien no me eches a mí la culpa, que aquí solo hay una silla, una mesa y un pastel, y este último ya me has dicho que no lo quieres.
Mientras que le respondía agobiado al encapuchado, la chica insistía en que mirara dentro del pastel. ¡Joder con la pesada! cómo se nota que no tenía que meter ella la mano ahí. Viendo que me faltaba un empujón para hacerlo, gritó sin cortarse un pelo.
- ¡Hazlo ya, joder!
El encapuchado le soltó una hostia en toda la cara que me sentó como si me la llevara yo mismo. Me dio pena la chavala y decidí hacerle caso. Allí que metí la mano y me cagué en su puta madre y en la tía que le cosió el vestido de comunión. La mano me ardía, pero asombrosamente había algo dentro del pastel. Me tiré al suelo a la vez que tiré el pastel contra la pared, no por teatrero, sino porque me estaba quemando la mano. me hice un ovillo bajo la mesa y mientras gritaba de dolor intentaba palpar mejor lo que tenía en la mano. Era una pistola envuelta en plástico. Eso sí que era un roscón de Reyes y lo demás son tonterías.
El encapuchado, asustado por verme llorando en el suelo como una nenaza, empezó a darme a patadas y a obligarme a ponerme en pie. La chica estaba muy pesada con que hiciera lo que tenía que hacer. Pronto (a la quinta vez que lo dijo) cai en la cuenta de que lo que tenía que hacer es usar esa pistola con él. Pero ¿y lo que él ha venido a buscar? ¿Quiere la pistola o quiere jarana de la buena y un balazo en la cara? ¿Dónde quedaron las entrevistas de trabajo en las que te preguntaban si sabías inglés y tú mentías diciendo "of course"?
La chica seguía erre que erre con que lo hiciera y él la volvió a golpear. Ahora ella no era tan guapa. Me dio el tiempo justo para sacar la pistola del plástico y escondérmela en la espalda a la vez que me ponía de pie. Empezó a pincharle el cuello con el cuchillo y ella gritaba como si la fueran a matar. En realidad creo que la iba a matar. Me acerqué a él haciendome el negociador guay. Hice mi propia versión del negociador, entre Eddie Murphy y Samuel L. Jackson. Y claro, eran dos actores de color. Me acerqué a él con esos andares con los que parece que te pesa un huevo más que el otro y se puso nervioso.
- Venga vale. Suéltala. Te daré lo que has venido a buscar.
- Dámelo y la suelto.
El cabrón estaba como un flan. Me lo estaba camelando. Estaba dispuesto a dispararle. Lo tenía clarísimo. Ella lo intuyó en mi mirada, porque se echó a un lado. Yo me sobré antes de dispararle entre ceja y ceja soltando una de esas frases lapidarias de película mala.
- No te voy a dar lo que buscas, te doy lo que te mereces.
Y como si de un personaje de videojuego se tratara, disparé con una precisión acojonante. Yo, que no había colado una bola de papel en una papelera desde el 2001. El encapuchado se desplomó en el suelo y yo sentí el alivio del que mea en el mar.
Sin darme tiempo a asimilar lo que acababa de pasar, dos hombres entraron a la habitación para llevarse el cuerpo. Uno de ellos me pidió el arma. No tuvo más que quitármela de la mano, porque estaba aún en shock. Me acerqué a la chica, que aú estaba tirada en el suelo.
- ¿Estás bien? Te sangra un poco el cuello.
- Ahh, no no. Tú tranquilo, gracias. Son cosas que pasan. Quedará reflejado también aquí.
Cuando decía "aquí" estaba señalando una carpeta que le había dado uno de los hombres, junto con un pañuelo para que se limpiara la sangre.
- Siéntate, por favor. Vamos a continuar con la entrevista si te parece.
Yo solo quería llorar e irme a casa a dormir la siesta del borrego, pero ya que estaba allí, y había sobrevivido a la primera parte de la "entrevista de trabajo", me senté.
La chica volvió a entrar en la habitación. Esta vez arrastraba una silla de plástico similar a la que estaba ocupando yo y otro pastel también humeante.
- Ahh, no no.
- ¿Cómo dices?
- Que dejes ese pastel fuera, por favor.
Empezó a reirse y lo destapó.
- Daniel, tranquilo. Este pastel es para tomarlo mientras continuamos con la entrevista. ¿Quieres un café?
- No gracias. Bueno, un vaso de leche sí que querría, gracias.
Se acercó a la puerta y pidió un café cortado y un vaso de leche.
- Bueno Daniel, me puedes llamar Silvia. Enhorabuena, has pasado a la segunda parte de la entrevista.
- Gracias Silvia.
- Si te parece, vamos a repasar un poco lo ocurrido, ¿vale?
- Em... sí, estaría bien.
- Has tardado un poco en reaccionar, ¿no? ¿Puede ser debido a la falta de iniciativa quizás?
Empezó a apuntar cosas en su libreta. Ya me estaba poniendo nervioso. Más que el encapuchado.
- Bueno, no sé. Nunca me había visto en una situación como esta.
- Ya, pero te ha faltado cierta capacidad de reacción.
Se señaló la herida del cuello y siguió apuntando cosas en la carpeta. Intenté ver qué ponía, pero era imposible. Tampoco quería yo que me pillara echándole el ojo.
- Lo siento. Me ha costado un poco de tiempo asimilar lo que ha pasado.
- Ya, pero en tu primer día de trabajo ya tienes que estar familiarizado con estas cosas.
- ¿Como reponedor de Caprabo? ¿Pasa mucho?
- Esa es información que no se nos está permitido dar.
- Bueno, yo lo siento mucho, de verdad. De aquí en adelante intentaré estar más alerta.
- No te preocupes. Es cierto que lo has suplido con un buen manejo de las armas de fuego (sigue apuntando cosas). En tu currículum no pone nada de experiencia previa con este tipo de armas. ¿Has tenido entrenamiento militar alguna vez? No se te ha encasquillado, has quitado bien el seguro... Eso ha estado muy bien. ¿Y la frase que has dicho? ¿No te voy a dar lo que buscas sino lo que te mereces? Sublime.
- Sí, bueno. Me he dejado llevar por el momento. En cuanto a lo de las armas... entrenamiento no, tan solo de ver películas o de videojuegos. No sé, un poco de eso. La verdad es que he disparado sin apuntar casi. Se puede decir que he disparado con el corazón.
- Bueno, pues para la próxima ya sabes que es algo a reforzar, porque no es ninguna tontería.
- ¿Próxima?
- Bueno, es un decir, ¿no? La próxima vez en tu vida. Lo mismo no vuelve a pasar jaja. Al menos en este proceso de selección no.
A mí esta tía me ponía muy nervioso y su sonrisa tonta en este tramo de la entrevista me supo a puro neumático quemado. Bueno, hay muchas cosas que me saben a neumático quemado últimamente. Se lo dije a mi médico de cabecera y ahora tengo cita con el neurólogo, pero esa es otra historia.
- Ahh, me quedo mucho más tranquilo jajaj. ¿Y el pastel? ¿Podemos picar algo mientras llega el vaso de leche y el café?
Silvia se puso seria en ese momento. Se puso muy seria. La pregunta del pastel le entró por un oído y le salió por el otro.
- Bueno, Daniel Cano Alarcón. ¿Sabes que el 79% de los hombres llamados Daniel en España están en el paro? ¿Cómo lo ves? ¿A qué crees que se puede deber?
- No sé. Supongo que es cuestión de azar, ¿no?
Otra vez apuntando en la carpeta. Desee arrancársela de las manos y golpearle en la cara con ella.
- Ajam, así que tú crees que es puro azar. No crees que tú tengas nada que ver en esa estadística. Por otro lado los Gonzalos tienen un solo 5% de paro. ¿No te parece como mínimo curioso?
- No, para nada. Hay miles de Danieles en España. Cada uno ha estudiado o trabajado en una cosa diferente. No creo que tengamos nada que ver los unos y los otros. Daniel es solo un nombre, igual que Gonzalo.
- Vale, vale. ¿Esa es tu respuesta final? ¿Crees que puedes eximirte de esa estadística? ¿Que tú no tienes culpa alguna de eso? Si es así damos por cerrado el tema y pasamos a otra cosa.
Se estaba poniendo muy tensa. Más nerviosa de lo que estaba yo, que ya es decir. Pude ver como clavó su mirada un milisegundo en el pastel. Empecé a observarla con mucho más detenimiento. No perdí detalle de sus manos.
- Sí, bueno. Pensar otra cosa sería una locura. No puedo torturarme y pensar que tengo culpa de algo que...
Las manos le temblaban. No estaba prestando atención a lo que le decía. La puse a prueba.
- Eres una hija de puta de tomo y lomo.
Impasible. Me miraba sonriente y las manos le seguían temblando. De golpe se avalanzó sobre el pastel y metió la mano. Gracias a Dios que la calé con previsión. Le agarré una mano, pero no llegué a agarrar la que estaba dentro del pastel. Sacó un cuchillazo del pastel e intentó clavarmelo en el pecho. La esquivé con más suerte que otra cosa. Entonces si pude agarrarle el brazo del cuchillo, pero me mordió. Le solté un cabezazo. No me dolió nada. Supongo que por la adrelanila del momento.
El cuchillo cayó al suelo. Silvia se lanzó sobre mí, pero la esquivé al agacharme a por él. Fue entonces cuando se lo clavé en el pecho acercando mucho mi cara a la suya. Le susurré otra de esas frases para recordar.
- Apunta esto ahora, cabrona.Venga, te dejo que lo apuntes. Corre.
Silvia se dejó caer al suelo con cuidado. Sacó una tarjeta de su bolsillo y me la dio.
- Mañana a las 9 de la mañana en esta dirección. Lleva traje y corbata, por favor.
Cuando estaba saliendo de la habitación me llamó.
- Daniel, eres muy bueno con las frases. Aprovéchalo.
Cerró los ojos, y creo que en ese instante murió. No me importaba mucho, la verdad. El cabezado no me dolió, pero sí el mordisco que me dio en brazo.
Efectivamente, en el ascensor estaban con Kiss FM, porque cuando bajaba estaba sonando Kenny G. Otra vaca sagrada de la emisora.
El ascensor se abrió y volvió a mí ese pestazo a pino que echaba para atrás, pero ya estaba como inmunizado. Pude ver a 6 chicos sentados en la recepción esperando a ser avisados. 3 de ellos llevaban pasamontañas en las manos. Menuda entrevista de trabajo les esperaba. Angelicos.
Salí a la calle y respiré hondo. Esa mañana no iba a echar más currículums. Creo que me merecía un descanso. Metí la mano en el bolsillo y saqué un gran trozo de pastel. Tan solo tenía que pedir un café para llevar. Fácil.