domingo, 25 de agosto de 2013

Una noche extraña.



El otro día salí por fiestas de Gracia con ganas de “juergamen” . Me lo pedía mucho el cuerpo. Conocer a gente nueva, hacer como que me interesa lo que me dicen, soltarles mis cosas y ver en sus caras cómo fingen que les interesa lo que les cuento, ver cómo fingen interés entre ellos. Esas cosas de cuando sales, vamos.

Pero sobre todo salí por las gachís. Soltero como ando, no puedo dejar pasar una oportunidad como las fiestas del barrio para ir de pesca. A veces simplemente las conozco, las miro atentamente mientras hablan de sus cosas e imagino cómo seríamos los dos dentro de unos años, casados, con dos hijos, con un monovolumen que empieza a dar problemas mecánicos después de haber atropellado por accidente a aquel vagabundo que andaba con un bastón. Cuando llego a esa altura, más o menos, es cuando decido divorciarme de ellas on my mind. Normalmente no suelen superar lo del atropello y eso hace que se resienta mucho el matrimonio. Es entonces cuando mi cara de fingir interés pierde fuerza y yo, como ligón, pierdo fuerza también. Hablan un poco del tiempo y me despachan.


La cosa es que en Barcelona hay mucha chica, mucha chica guapa, para ser más exactos. Y no me sale últimamente ser simpático. Quisiera serlo, de veras, pero bastante finjo en el trabajo, como para tener que tener que estar así en mi propia vida.  Y ahí están los típicos chicos guapetes, simpáticos y con camisas chulas. Lo tienen todo. Y ellos sí que saben fingir simpatía. No puedes evitar que te caigan bien, y con competencias así no puedes evitar volverte solo a casa.


Esa noche tenía el presentimiento de que eso iba a cambiar. No a cualquier precio, evidentemente. Uno tiene un tope por abajo y por arriba mucho pájaros.


Yo caminaba solo. Había quedado con gente en un bar y ya llegaba tarde. Las calles estaban abarrotadas de gente. Algunos bebiendo, otros fumando en las puertas de los bares y el resto contemplando la decoración que los vecinos habían preparado para sus calles. Llegué a una calle completamente colapsada. Las retenciones hicieron que me fijara más en la gente que andaba por allí. Me llamó especialmente la atención un matrimonio de ancianos que caminaban cogidos de la mano. Iban mirando todo y comentando. No les vi las caras, pero estoy seguro de que reían y lo pasaban bien. Estoy seguro. Pensé que con las chicas que hablaba nunca llegaba a tener esa visión. Esa de llegar a hacerme viejo y seguir con ese bienestar. Siempre me terminaba desvinculando de ellas hasta en visiones.


Seguí a la pareja de ancianos, porque sabían moverse bien entre la gente para salir de ese atasco.  Les seguía muy de cerca para aprovechar el camino que ellos iban dejando. Llegó un momento en el que la mujer soltó la mano de su marido y miró fijamente uno de los escaparates. El marido siguió su marcha unos paso y yo adelanté a su mujer. Estaba justo entre los dos. Fue en ese momento cuando él alargó su brazo hacia atrás buscándola pero sin darse la vuelta. Tenía la mano tendida esperando contestación.


A mí en ese momento me pareció muy gracioso aprovechar la altura y la predisposición de su mano, para que me agarrara el paquete. La verdad es que es una de esas cosas con las que luego te estás riendo con los amigos de vez en cuando. “¿Te acuerdas cuando aquel viejo me agarró la polla en fiestas?” Sería gracioso si cuando pasara hubiera algún amigo delante, pero estaba más solo que la una.  No me parecía una buena anécdota, más bien una gracia sin más. Aún así lo hice, porque estas decisiones se toman en milésimas se segundo y no te paras a pensar en quién está y quién no. Quien no estaba donde debía estar era su mujer, en todo caso. Así que acerqué mi paquete a su mano, con tan mala suerte que cuando ese hombre iba agarrarme el paquete resbaló. Fue entonces cuando, además de buscar la mano de su esposa para continuar la marcha, alargó su mano para no caer, con la esperanza de no zambullirse entre esa multitud y llevarse algún pisotón que otro. Ya era demasiado tarde, no podía apartarme y mucho menos dejar caer a ese hombre.


Estaba ya agarrado a mi pene cuando iba deslizándose hacia el suelo. Me pegó el mayor tirón de pene que jamás había tenido que sufrir. Pero lejos de dolerme, me estimuló. No hablo de una erección, no señor. En ese momento lo vi claro, me vi en ese hombre, siendo un anciano. Habiendo tenido un matrimonio feliz durante 30 años, habiendo encontrado a la persona con la que compartir mi vida y no con la que divorciarme en mis visiones. Esta visión era más real que todas las otras. Y en ella aparecía yo gastándome una broma a mí mismo. Haciendo de mi pene el único agarradero posible para no caer al suelo. Reaccioné rápidamente, le cogí por los brazos y le levanté. Cuando se dio la vuelta vi que incluso ese hombre se parecía a mí.


Grité y di varios pasos hacia atrás. Choqué con su esposa, que empezó a recriminarme que qué estaba haciendo, que por qué le puse mi polla en la mano a su marido, que qué clase de gilipollas era yo. Me di cuenta en ese instante de lo que acababa de hacer. Así que me partí de risa. Un servidor es gilipollas, pero al menos tiene la decencia de admitirlo. Me volví a casa.


Le mandé un whatsapp a los amigos que me esperaban diciendo que una tía me había invitado a su piso (Qué más quisiera) y puse rumbo de vueta. Al principio recordaba con sorna lo que acababa de pasar, pero conforme me iba acercando a casa me iba entrando un bajón considerable. Acababa de dejar caer a un hombre por hacer una broma. Ese hombre no solo esperaba encontrar la mano de su mujer. Ese hombre buscaba no caer, buscaba la salvación ¿y qué encontró? Mi polla. Por Dios santo. ¡Qué gilipollas soy! Aquel señor me agarró la polla con tal fe en la humanidad, que lo primero que hice al llegar a casa fue borrar todo el porno de mi ordenador. Era la mínima señal de arrepentimiento que podía llevar a cabo. Ese pene no iba a tener hoy ningún tipo de postre. Lo que pasa es que de noche todos los gatos son pardos y me entraron cosquilleos en la entrepierna más tarde, con tan mala suerte que no me iba internet. Por cierto, gracias Jazztel, por vuestra puta mierda de servicio.


Así que acabé la noche masturbándome con los extras de la tercera temporada de Perdidos. La voz del productor ejecutivo es muy sexy. Fue una noche extraña.

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