domingo, 25 de agosto de 2013

El vagabundo, el cajero despistado y David Bowie



Hola. No tengo dinero. No tengo casi dinero, pero tengo otras muchas cosas, como el alquiler pagado o puré de patatas en la despensa. Pienso en mi poco dinero en momentos como en el que, cuando pasé por un kiosco, vi una revista con David Bowie en la portada y quise comprarla. Pensé en qué necesidad tenía yo de comprar esa revista. Solo para leer lo que decía ese hombre, cuyo último alquiler se pagó posiblemente en los 60. Pues quería saber lo que decía Bowie, sí. Me apetece saber qué piensa alguien que está considerado (y es) un genio. David tiene algo que mostrar al mundo y eso hace. Le va muy bien, por cierto. 

Tras ver que no tenía lo que hay que tener (Dinero.5 euros) para saber qué opina Bowie de alguna que otra cosa, me hice a un lado y disimulé como si hablara por el móvil. No sé a vosotros, pero a mí no me apetece parecer un pobre sin recursos delante de gente desconocida que ni siquiera sabe lo que estoy haciendo, de dónde vengo, ni a dónde voy y mucho menos que estoy vivo y ahí enmedio. Total, que tras hacerme a un lado discretamente casi piso a un vagabundo que pedía dinero junto a dicho kiosko. El hombre pedía dinero desde el suelo. Estando allí sentado sin hacer nada. Fue entonces cuando se dirigió hasta mí. 

 - Ehh amigo, ¿me das un euro? 

 - ¿Porque tengo yo que darte un euro? ¿Me das tú algo a cambio? 

 - Soy pobre. No tengo nada que dar. 

- No me refiero a que me des algo. A la vista está que eres pobre, pero eso no evita que puedas ofrecerme algo. Algo que solo tú tengas o algo en lo que seas bueno. Eso te ayudaría a ganar dinero seguro. Si solo pides ahí sentado no te van a dar un duro. 

 - Ya, pero no sé el qué. Si lo supiera no estaría aquí sentado. 

 - Lo primero levántate. Sentado no das pena. Parece que estás cómodo y no das pena. A ver, piensa en algo que solo tú puedas ofrecer. 

El vagabundo se puso de pie y dobló la rodilla, pero hacia adelante. Me dió tanto asco que podría haber vomitado si hubiera comido algo (recordemos que no tengo un duro y me quito comidas de aquí y de allá). Me asqueó muchísimo, pero lo había conseguido. Algo así, pocos lo hacen. Le dije que habíamos dado con algo, que lo explotara. Saqué mi cartera y le di un euro. El primer euro de muchos que estaban por llegar. Él sonrió y empezó a doblar de nuevo la rodilla. La gente se acercaba pensando que se había roto algo e intentaba ayudarle, pero él explicaba que era un don que tenía. Un don único. Me alegró conseguir despertar en él algo. Que igual que Bowie, pudiera ofrecerle algo suyo al mundo. 

 Las semanas pasaron y yo me olvidé de Bowie y sus opiniones (es lo que hace el hambre), pero no del vagabundo, que cada vez tenía más monedas en su cacharro y más gente cerca. Por puro morbo, supongo. La cosa marchaba y él explotó a base de bien su don. Yo me sentía bien. Me consideraba partícipe de esa mejora, de ese pequeño éxito en la vida de aquel hombre. Fui un estímulo importante para él. Algo así como su descubridor. 

Un día, paseando por el barrio, recordé que no tenía cerveza en casa y fui a Caprabo a comprar Aurum. Riquísima para el precio que tiene. La cosa es que un pack costaba 3,50. Pagué con un billete de 5 euros y me devolvieron 6,50 euros. Lejos de decirle al cajero que se había equivocado (siempre está con el móvil mientras trabaja y me hace perder el tiempo) me callé como una puta y arreé para casa. 

 De camino recordé a David Bowie y, teniendo en cuenta este nuevo ingreso no previsto, decidí ir a comprarme la revista y darme un gustazo esa tarde leyendo lo que tenía que decir. Justo antes de llegar al kiosco vi al vagabundo, con gesto muy serio, sentado de nuevo y con una venda en la rodilla. 

Me alarmó mucho verle así y me acerqué a ver qué tal. Me miro con cara de rabia. Creo que si se hubiera podido levantar lo hubiera hecho solo para darme un puñetazo. Ante tal cara de angustia y hostilidad, le pregunté que qué le pasaba. Me dijo que lo que él podía hacer con la rodilla no era un don, sino una lesión. Un desgaste de la articulación que le permitía saltarse el tope. El abuso de esa anomalía le hizo perder la moviidad completa de la rodilla, que se puso como un tomate tras varias semanas. Me empezó a recriminar que yo era el culpable de todo eso. Que le operaron, que no puede andar sin muletas y que tras la cicatrización posiblemente no pueda volver a andar sin bastón. 

En ese preciso instante me sentí como la mierda más grande de este mundo. Yo le había convencido de hacer algo, vale que yo no tenía ni idea de si eso era bueno o malo. Pero ese hombre no volvería a andar de forma normal por mi culpa. Luego recordé mi buena suerte ese mismo día y lo de tener algo que dar al mundo. En ese mismo instante fue cuando saqué mi cartera y, sin pestañear, le di al vagabundo 50 céntimos. Me pareció demasiado, ya que estaba otra vez sentado, justo como le dije que no debía estar el día que lo conocí.

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