martes, 17 de septiembre de 2013

La crujiente segunda parte del poema de un obsesivo compulsivo por los Risketos.

Pasaron meses. Meses en blanco.
En blanco.
Como el envoltorio de mis añorados Risketos.
Un envoltorio blanco y vacío.
Una calle recta sin semáforos en ambar.
 

Decían que estaba loco.
Al menos en eso insistía mi abogado.
Abogado de oficio ¡qué tontería!
¿Acaso hay algún abogado que no considere lo suyo un oficio?
¿Tan baja autoestima tienen el resto de abogados?
La cosa es que fingí ser el más cuerdo de aquel juzgado.
Todo porque me dijeron que podía ir a un sitio en el que estaría vestido de naranja.
Así fue.
Por fin acabaron los trámites.


Todos de naranja. Estaba donde quería estar.
Era como un musical, solo que todos eran violentos y querían darme por culo.
Claro, yo era la novedad. 
Como los risketos con ketchup. ¡Menuda puta mierda!

Me dejaron hacer una llamada.
No tenía a nadie. Solo le tenía a ella.
De hecho, el haberla matado me trajo hasta aquí.
Creo que fue la elección correcta.
He ido a mejor.
 

Llamé al Telepizza.
Pedí una carbonara y unos Risketos.
Me dijeron que no había Risketos en la carta.
Me ofrecieron alitas, pan de ajo, patatas de gajo. Todo mierda.
Les pedí que me pusieran con el repartidor.
Les pareció raro pero lo hicieron.
 

Le hice mi petición.
Me preguntó que quién coño era.
Le expliqué por encima mi vida.
Me conocía. Se enteró de mi juicio por Espejo Público.
Accedió a pasar por un "paki" de camino a la cárcel.
No me lo podía creer. Risketos otra vez.
 

El pizzero llegó. Tuvimos un bis a bis.
Primero me dio la pizza. La registraron muy bien.
"Está limpia", dijo el guarda. "Está fría", dije yo.
El pizzero jugó conmigo. Sacudía los risketos por debajo de la mesa.
Me dijo que le pagara el doble.
Le dije que no tenía más de lo que le había dado ya.
Tan solo jugaba conmigo.
Cuando le dijeron que la visita se había acabado se iba sin dármelos.
Le lloré, le grité, le supliqué.
Los sacó de la mochila y me los tiró a la cara.
Los agarré al vuelo.
 

Ahí estaba yo. Llorando a moco tendido.
Abrazado a dos bolsas pequeñas de Risketos.
Cuando el momento emotivo se pasó, alcé la vista.
Algo no iba bien. Lo sentía dentro de mí.
Eran Risketos de chocolate.
Hijo de puta.
Sabía dónde trabajaba. Cómo se llamaba.
Tarde o temprano saldré de aquí.
 

 Compartía celda con Ricardo.
Tenía acento ruso, pero era de Murcia.
Concretamente de Los infiernos.
Le pregunté cómo era el gentilicio de su pueblo.
Me dijo que los infernales.
Le dije que lo dudaba mucho.
Me respondió que le importa una mierda saber cosas como esas.
Dijo que lo único importante que había aprendido en su vida era como matar a un hombre con sus propias manos.
Su respuesta me intimidó.
Más tarde me enteré de que estaba en la cárcel por masturbarse en misa.
Era el cura.
Me pregunto qué puede llevar a un hombre de tener fe, a masturbarse en público y a hablar con acento ruso aún siendo de Murcia. 
 

Hice un amigo. Jose. Era muy gordo y robaba queso en polvo de la cocina.
A veces me daba un poco de queso.
Yo lo usaba para espolvorearlo sobre mis Risketos de chocolate.
Primero los cepillaba con fuerza bajo el grifo para quitarles el chocolate.
Los dejaba secar al sol para que volvieran a estar crujientes.
Utilizaba la sangre de mis encías para colorearlos de algo parecido a naranja.
 

El más duro de allí es Guzmán. Es chileno.
El primer día me dijo que yo no le engañaba.
Que era un puto loco.
Que nos huele a la gente como yo.
Le dije al oído que estaba tan loco que parezco el más cuerdo de allí.
Me preguntó cómo de loco estaba.
Le dije que era capaz de comerme mi mono naranja si lo frieran con queso y lo cortaran en pequeñas porciones.
Me abrazó.
Noté su erección.
 

Jose me dijo que tenía miedo, que Guzmán quería quitárselo de enmedio.
Le pregunté que por qué.
Me dijo que porque sí, que su vida era una mierda.
Le dije "esto sí es una mierda" mientras le enseñaba mis manos.
Estaban completamente limpias. Nada de polvillo naranja, y así ya iban 6 meses.
Jose no me escuchaba.
Le interesaba más hablar de que le querían matar.
Puto gordo egocéntrico.
Tuve una idea.
Le dije a Jose que recopilara todo el queso que había robado y se lo echara por el cuerpo.
Me hizo caso.
Gordo egocéntrico y tonto.
 

Corrí hacia Guzmán. Bueno, no corrí.
Los presos son como los perros
Si te ven correr te persiguen.
Le dije que quería a Jose esa misma tarde en la freidora del comedor.
Era industrial.
Se podía freir una vaca entera dentro de ella.
Dicho y hecho.
 

No quise ver morir a Jose.
Guzmán y los suyos lo frieron y cortaron en trocitos.
Estaba tan frito que el mono naranja parecía su piel.
El toque del queso era bestial.
Pero no eran risketos, no soltaba polvillo.
Estaba bien, pero era otra cosa.
Me gané el respeto de Guzmán.
 

Luis, un empresario amigo de este, me dijo que me podía conseguir Risketos en cantidades industriales.
Tan solo tenía que dejarme llevar.
Se refería a dejarme dar por culo. 
En la cárcel pueden ser muy sutiles cuando quieren.
 

Ahora cuento con la protección de Guzmán y una pensión vitalicia de Risketos.
¿Tienes Risketos?
Soy tu putita.

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