estaba completamente naranja,
eso puede ser porque justo antes de cruzarme con ella me picaba el ojo
y como estaba comiendo Risketos, al rascarme debió meterse el colorante bajo los párpados
me arañaba las córneas con esos grumos naranjas
¡Joder, ojala pudiera lamerme mis ojos!
en aquel momento estarían riquísimos, ¡puta mierda de suerte que tengo!
Ahora en la cama estoy pensando.
No parece que tenga la bolsa de Risketos de debajo de la almohada.
¿Se habrán agotado?
¿Estará algo abierto a estas horas para comprar?
¿Tendré suficiente para mañana con la caja de 20 bolsas que hay debajo del fregadero?
Bueno, volviendo al tema de ella.
Cuando la vi pensé que estaba buenísima, toda cubierta de ese naranja.
Cuando la vi pensé que estaba buenísima, toda cubierta de ese naranja.
Vi una pestaña en su mejilla y se la quité.
Tenía los dedos cubiertos del polvillo de los Risketos, así que le dejé un manchurrón en la cara.
Ella puso casa de asco.
Yo le lamí la cara.
Sonrió. Decía que parecía un perrico. Dios, qué imbécil era.
La invité a salir, pero hacía tanto ruido con mi bolsa de Risketos que ella pensaba que se los estaba ofreciendo, así que dijo que sí.
Yo, por supuesto, no le di ni uno.
Ella me puso cara rara.
Al día siquiente estaba en su puerta.
Ella no me esperaba.
Le dije que habíamos quedado.
Me dijo que no.
Iba con otro tipo.
Le vi un manchurrón naranja en la mejilla de nuevo.
Le di un lametón. Sabía que eso se iba a gustar.
Casi vomito, no eran Risketos, era un pegote de maquillaje.
Ella me empujó.
Yo le empujé a él.
El me empujó a mí.
Caí al suelo, pero las bolsas de Risketos que tenía en los bolsillos de atrás amortiguaron la caída.
Él se rió de mí. Dijo que por el sonido que hice al caer, parecía que llevaba pañales.
Ambos se fueron riendo.
Era el momento de actuar.
Compré dos bolsas grandes de Risketos.
Me las zampé. Nunca unos risketos me supieron tan bien.
Sabía dónde estaban. En el cine. Les escuché hablar de ello cuando les seguía.
Compré una entrada, el portero me dijo que estaba deteriorada.
Me dijo que estaba sucia, manchada de naranja. No me pensaba dejar entrar.
Me puse muy nervioso. El sudor de mis manos hacía gotear el naranja.
El taquillero le hizo un gesto como de que estaba loco y me dejó pasar.
La gente hacía mucho ruido en la sala. Me entró el pánico.
Cientos de personas masticando snacks y ninguno era Risketos.
Pajitas, Chetos pandilla, Boca Bits, Triskis, las clásicas palomitas...
Me acerqué al hombre que estaba sentado tras ella y su nuevo amigo.
Le pregunté que por qué comía Lays Receta campesina y no Risketos.
Me dijo que "esa mierda manchaba los dedos".
"¿Así?" Le acerqué la mano a la cara.
Me dijo que sí impasible. No parecía tenerme miedo. Los tenía bien puestos.
Le pedí amablemente que me cediera el asiento.
Se negó rotundamente mientras me miraba a los ojos.
Sin despegar la mirada me humedecí todos los dedos y le acerqué la mano a la cara.
La tensión se podía cortar con un cuchillo.
Al final terminó cediendo.
Me ofreció Lays receta campesina y le mandé a tomar viento.
Me coloqué solo detrás de ellos.
Estaba praparado.
Saqué las bolsas y las puse sobre sus cabezas.
En la película estalló una bomba. Me vino que ni pintado. De naranja.
Apreté ambas bolsas con todas mis fuerzas.
Dejaron de respirar enseguida. Creía que iba a ser más difícil, la verdad.
Retiré las bolsas y ahí estaban.
Los dos perfectos, preciosos, inmaculados. Con la mirada fija en la pantalla.
Sus rostros naranjas me abrieron el apetito.
Estuve lamiendo sus caras durante horas, hasta que vino la policía.
Ellos no me llamaban perrico, no. Ellos sabían cómo llamarme.
Puto loco.





